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Blog para compartir experiencias

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¿Qué hay más estupendo que compartir gustos y hobbies con nuestros hijos? Hay familias que disfrutan haciendo deporte juntos, otras que se lo pasan genial yendo de excursión y otras que tratamos de inculcar el amor al cine en los niños. Todo lo que sea disfrutar en familia es maravilloso.   Muchas veces las familias […]

¿Qué hay más estupendo que compartir gustos y hobbies con nuestros hijos? Hay familias que disfrutan haciendo deporte juntos, otras que se lo pasan genial yendo de excursión y otras que tratamos de inculcar el amor al cine en los niños. Todo lo que sea disfrutar en familia es maravilloso.

 

Muchas veces las familias se preguntan cuándo es posible ir al cine con los niños. Yo creo que depende mucho del carácter de los peques. Hay quienes son capaces de permanecer en silencio y concentrados y quienes no. Si queréis unos consejos, allá van:

 

– Observa si tu hijo es capaz de aguantar concentrado un tiempo razonable. No es necesario que en casa haya sido capaz de ver una peli entera, porque las circunstancias son diferentes: la sala está en silencio y a oscuras y todo favorece la concentración.

– Escoge bien la película. Que no sea muy larga y que esté pensada para niños de su edad.

– Si es la primera vez, prueba a llevarle a sesiones matinales. En estas la gente es más comprensiva con los niños y todo el mundo asume que la sala no va a estar en completo silencio.

– Si escoges una sesión de tarde con gente mayor, elige un asiento que esté un poco más retirado. Tal vez no sea donde mejor se ve, pero la tranquilidad de que aunque hable algo no va a molestar a nadie merece la pena.

– Sitúate lo más cerca posible del pasillo. Los niños tienen ganas de ir al baño frecuentemente y es mejor que tengas acceso rápido a la salida.

 

Una de las cosas que yo considero más importantes es la labor de concienciación previa. A mis hijas les expliqué a dónde íbamos, cómo se comportaba la gente y cómo se esperaba que se portaran ellas. Hay que ser comprensivo con el hecho de que son niños, pero al mismo tiempo educar en que no podemos molestar gratuitamente a quienes han ido a disfrutar del espectáculo. Hay que explicarles las reglas y decirles que si se cansan y empiezan a molestar tendremos que irnos. Hay que ir mentalizado por si sucede esto y, en el caso de que la cosa se desmande, hacernos a la idea de que tal vez deberíamos marcharnos. Yo, que soy una ávida consumidora de cine, es lo que peor llevaba: ¡la posibilidad de tener que dejar una película a medias me horrorizaba!

 

En general, las primeras visitas al cine son de toma de contacto. Nosotros fuimos en torno a los 3 años más o menos. Mi hija mayor siempre disfrutó horrores de las películas y la pequeña, que es mucho más movida, curiosamente se durmió unas cuantas películas desde el principio hasta el fin. Por eso os digo que tal vez vuestros hijos os sorprendan y que lo más que puede pasar es que tengáis que iros. Que tampoco es un gran drama, bien pensado.

 

Y si queréis ver cine en casa hay un montón de posibilidades, ¡hasta tenéis películas geniales donde salen el Hada de los Dientes o el Ratón Pérez!

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Historia infantil comer fruta

Margarito Cifuentes se ha convertido en el dentista más famoso de Pueblilla del Monte, de la Sierra de los Rubiales y de muchos kilómetros más allá. A nadie le importa si fue vampiro en épocas lejanas, lo más importante es que sus colmillos lucen sanos y brillantes, como recién salidos de una película de terror de aquellas en las que sólo existían dos colores: el blanco y el negro, y por eso era tan importante lavarse bien los colmillos, para que salieran estupendos en todos los cines.

A la consulta de Margarito acudían todo tipo de personas. Viejecitos que necesitaban reparar sus desgastadas muelas, mujeres que no sabían cómo cepillarse si estaban esperando un bebé o niños que, de tantas chuches y golosinas que comían, le empezaban a doler desde los dientes hasta las encías. De entre todos sus pacientes, los que más le preocupaban eran los niños. Si siendo tan pequeños no se cuidaban sus dientes… ¿qué pasaría cuando llegaran a ser tan grandes como sus padres?

Hoy le tocaba consulta a Maritina. Maritina es la hija de don Ramón, el maestro de la única escuela que hay en Pueblilla del Monte. A Maritina le encantan las gominolas con forma de fresa, las piruletas con sabor a membrillo y los pasteles de hojaldre rellenos de nata y chocolate. Se podría decir que el único desayuno y merienda que conoce Maritina son los que llevan azúcar, esas chucherías horripilantes que se convierten en auténticos monstruos que dañan nuestros dientes sin piedad. Maritina lo sabe, pero nunca hace caso. A pesar de las recomendaciones de su padre y las regañinas de su madre.

Para la consulta de hoy con Maritina, Margarito ha preparado un suculento menú: estupendas “golosinas” que acaba de recolectar de su huerto y que saben tan dulces como el mejor pastel y, además, no perjudican a sus dientes. Prepara la mesa con dos vasos de leche y su fuente de “golosinas” y espera a que llegue Maritina. Hoy no se verán en la consulta, sino en la cocina.

– Buenos días doctor, parece que hace un poco de calor.

– ¡¡Qué ricas golosinas!! ¿Es hora de desayunar? ¿Llevan chocolate? El azúcar es lo que me gusta más.

– Pero saben como… como… a pera, a manzana y a frambuesa… ¡la que más me gusta es la fresa!

Sin saberlo la niña, el doctor Margarito había preparado un desayuno de lo más delicioso utilizando frutas variadas. Unos trocitos de manzana, otros de pera, unas rodajas de fresa y unos divertidos gajos de mandarina. El mejor pastel de frutas para mantener los dientes sanos.

Y así fue como Maritina aprendió la lección: si quieres tener una buena dentadura, la mejor golosina es la rica fruta.

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Me estaba acordando de la historia sobre las golosinas que me contó mi abuelo mientras estaba esperando en la consulta del dentista. ¿Cómo había ido a parar allí? Lo confieso, al final caí en la tentación de comer golosinas, me encanta el dulce. Noté que algo iba mal cuando de golpe, al tomar bebidas frías […]

Me estaba acordando de la historia sobre las golosinas que me contó mi abuelo mientras estaba esperando en la consulta del dentista. ¿Cómo había ido a parar allí? Lo confieso, al final caí en la tentación de comer golosinas, me encanta el dulce.

Noté que algo iba mal cuando de golpe, al tomar bebidas frías en verano, me dolía un montón un diente, era como un pinchazo en la encía que me hacía estremecer. No hice caso a este síntoma y continúe pasándolo en grande durante el verano, hasta que terminé con fiebre en la cama. Al principio no lo relacioné con las pinchadas en las encías cada vez que bebía algo frío, y pensé que había cogido el típico resfriado de finales de verano por culpa de los cambios de temperatura. Permanecí en la cama unos días pero la fiebre no se terminaba de ir. Me di cuenta de que no comía bien, tenía problemas para masticar y el dolor en la encía se repetía. Fue en este momento cuando mis padres me dijeron que lo mejor era hacerle una visita al dentista.

El dentista es un especialista al que no se suele ir con ganas, a los niños nos da miedo, pero yo lo perdí hace tiempo cuando vi que no era para tanto y el dentista me trataba muy bien y me explicaba todo lo que me hacía. Así que fui allí para ver qué era lo que me pasaba. Además notaban que mi aliento no era muy bueno, no sabía qué hacer para que no oliera mal, y me daba vergüenza hablar por si la gente lo notaba.

Me llamarón para que pasara a ver al dentista y descubrir finalmente qué estaba sucediendo en mi boca. Empezó la inspección, pero no lo veía claro, así que me dijo que me realizaría una radiografía para poder ver qué era lo que me estaba atacando los dientes. Al finalizarla se dieron cuenta de que tenía una caries en uno de los dientes y que ésta era el causante de tanto dolor. Las caries son originadas por bacterias que provocan una destrucción de los tejidos duros del diente que lo protegen de los factores externos, como por ejemplo la comida que ingerimos. Estas bacterias son en realidad esos seres de los que me quería proteger mi abuelo. A la larga, el azúcar que contienen las golosinas se transforma en ácidos que atacan el diente y lo estropea sin ningún miramiento.

En ese momento fue cuando vi que las golosinas eran realmente malas si se abusaba de ellas y se comían un montón. Yo al principio hice caso a mi abuelo, pero con los años y a medida que me hacía mayor decidí comer las que quería, y visto lo que me ha ocurrido, puedo decir que me pasé y abusé.

Por suerte las caries tienen solución. Si es algo muy grave, el diente se tiene que arrancar para que la infección no llegue a otros dientes. Afortunadamente, en mi caso, no era necesaria esta medida tan extrema, solo hizo falta que me restauraran el diente mediante un empaste, que en mi caso fue de amalgama, pero también puede ser de resina.

No obstante, me recomendaron que para incrementar la resistencia del tejido de los dientes a los ácidos, tomara flúor mediante gargarismos con enjuagues bucales y usar pastas dentífricas específicas.

Mientras estaba allí viendo como me solucionaban el problema me di cuenta que los abuelos tienen razón, que debemos escuchar sus recomendaciones y que si le hubiese hecho caso y no me hubiera dejado tentar tanto, ahora no estaría aquí.

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