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Blog para compartir experiencias

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El factor más importante para decidir si empezar o no un tratamiento de ortodoncia temprano es valorar cuáles van a ser las consecuencias de no comenzarlo. Lo que va a condicionar el inicio del tratamiento es la patología que presente el niño, no su edad; algunos problemas ortodónticos son más fáciles de corregir si son […]

El factor más importante para decidir si empezar o no un tratamiento de ortodoncia temprano es valorar cuáles van a ser las consecuencias de no comenzarlo. Lo que va a condicionar el inicio del tratamiento es la patología que presente el niño, no su edad; algunos problemas ortodónticos son más fáciles de corregir si son detectados a tiempo.

El diagnóstico exhaustivo, mediante la realización de un estudio de ortodoncia, es necesario para que el odontopediatra u ortodoncista pueda identificar aquellos problemas que son susceptibles de ser tratados en una etapa temprana (dentición temporal o mixta) y diferenciarlos de aquellos que necesitarán un tratamiento correctivo más tardío (dentición permanente).

Hay casos en los que es necesario planificar el tratamiento de ortodoncia en dos fases. Una primera fase en edad temprana y otra segunda fase cuando hayan erupcionado los dientes permanentes, con la que se finalizará el tratamiento de ortodoncia.

El objetivo que se persigue al empezar un tratamiento temprano de ortodoncia consiste en la corrección de los problemas bucodentales ya existentes o que estén en proceso de desarrollo para preparar un mejor entorno orofacial antes de que la dentición permanente se haya completado.

Cuando observamos problemas que afectan no solo a la colocación de los dientes sino que también involucran a estructuras óseas, como el maxilar o la mandíbula, los tratamientos tempranos pueden están indicados incluso desde los 3 años de edad. Los tratamientos de ortodoncia temprana tratan de aprovechar el crecimiento del niño para conseguir una mejor corrección de su patología y permitir, una vez corregido el problema, que el niño tenga un crecimiento y desarrollo craneofacial fisiológico.

En este tipo de tratamientos la colaboración de los niños y los padres es muy importante para conseguir los resultados planificados. En muchas ocasiones, la corta edad de los pacientes y las características de la aparatología necesaria para el tratamiento implican que los padres sean los responsables de su buen uso y mantenimiento.

Para detectar de forma temprana si nuestro hijo presenta alguna alteración que pueda requerir el inicio de un tratamiento de ortodoncia, no debemos olvidar asistir a las revisiones del odontopediatra cada 6 meses. Este especialista ayudará a resolver las dudas que nos puedan surgir y nos informará de la necesidad o no de empezar el tratamiento de ortodoncia, según cada caso.

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A mi hijo le dijeron que debía llevar aparatos de ortodoncia cuando tenía 11 años. Vi su cara de desilusión y de terror al recibir esta noticia del dentista. Al verlo salir tan afligido de la consulta decidí que debía ponerle remedio. Yo había llevado aparatos en mi juventud, así que debía contarle a mi […]

A mi hijo le dijeron que debía llevar aparatos de ortodoncia cuando tenía 11 años. Vi su cara de desilusión y de terror al recibir esta noticia del dentista. Al verlo salir tan afligido de la consulta decidí que debía ponerle remedio. Yo había llevado aparatos en mi juventud, así que debía contarle a mi hijo qué era y qué significaba.

Cuando llegamos a casa vi cómo se iba muy triste a su cuarto, así que aproveche la ocasión para buscar en los álbumes familiares alguna foto en la que saliera llevando aparatos junto a mis amigos. Cuando al fin encontré la foto que quería me fui directamente a su cuarto para intentar animarle y que viera que llevar aparatos no era algo de lo que se tuviera que avergonzar.

Llamé a la puerta y entré directamente sin esperar respuesta; lo encontré tumbado en la cama y me acerqué a él. Le dije que tenía una sorpresa para él y le mostré una foto mía en la que se me veía con aparatos y mostrando una gran sonrisa junto a mis amigos. El niño se sorprendió de que estuviera sonriendo sin ningún problema y que nadie ni nada le diera importancia al hecho de que llevaba los aparatos. Le conté que llevarlos no era el fin del mundo, que al principio te encontrabas raro, pero que luego te acostumbrabas a ellos, incluso cuando te los quitabas te podía llegar a dar pena porque terminaban formando parte de ti.

Los aparatos eran para un bien, le expliqué, y le sonreí para que viera lo bien que me habían quedado a mí los dientes: era un pequeño sacrificio que valía la pena. Descubrí que lo que más miedo le daba a mi hijo no era sólo lo que dirían sus amigos, ya que sería el primero en llevarlos, sino el dolor que le podía hacer.

Le conté que los aparatos ejercían una presión constante pero muy ligera en los dientes para poder recolocarla, pero que podría hacer una vida completamente normal, solo que se debería cepillar los dientes después de cada comida, igual que hacia ahora, y que tendría que tener cuidado al comer alimentos muy duros. Para terminar de convencerlo le dije que se podía usar cera para que no doliera y que en las abrazaderas se ponían gomitas para fijar el alambre, y que estas podían ser invisibles o de colores.

Yo cogí cierta afición a las de colores y me hacía unas combinaciones muy estrambóticas. Al ser él el primero de clase en llevarlos, podía hacer estas combinaciones cada vez que fuera al dentista y, quién sabe, a lo mejor crearía tendencia entre sus amigos…

Cuando me fui, mi hijo parecía más animado, pero no estaría seguro del todo hasta que no fuésemos al dentista.

Al fin llegó el día de ir a ver al dentista y de que le colocaran los aparatos. Todo este tiempo me había dedicado a quitarle hierro al asunto y hacerle ver que no era para tanto. Me sorprendí al ver que no protestaba, sino que estaba impaciente por probarlos. El dentista le contó que le iba a colocar las abrazaderas y que las pegaría mediante un cemento especial para que no le cayeran.

Para asegurarse de que no se movieran, le introduciría un alambre de acero y luego le pondría las gomas de los colores que quisiera. Mi hijo pidió los colores de su equipo de fútbol preferido ya que es un gran fan de este deporte. Al finalizar, el dentista le dijo que si hacía caso a sus indicaciones, los tendría que llevar poco tiempo y los podría sustituir por unos aparatos de quita y pon y que solo debería llevar por la noche.

Mi hijo se veía raro pero salió bastante contento del dentista. Y la verdad es que estoy seguro de que habría sido mucho peor si no hubiese invertido tiempo previo en hacerle ver que llevar aparatos no es el fin del mundo

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Érase una vez, en el nada lejano país de la imaginación de los niños, un colegio muy especial, conocido como Monsterschool. Aquel colegio era como cualquier otro colegio, salvo por sus estudiantes. A Monsterschool no acudían niños normales, entendiendo como niños normales a cualquier niño humano. En Monsterschool estudiaban monstruitos: niños lobos, brujas, zombies, pequeñas […]

Érase una vez, en el nada lejano país de la imaginación de los niños, un colegio muy especial, conocido como Monsterschool. Aquel colegio era como cualquier otro colegio, salvo por sus estudiantes. A Monsterschool no acudían niños normales, entendiendo como niños normales a cualquier niño humano.

En Monsterschool estudiaban monstruitos: niños lobos, brujas, zombies, pequeñas momias y draculillas de afilados dientes. Los monstruos más monstruosos, esos que un día habitaron las pesadillas de los más pequeños, cursaban allí sus estudios monstruiles: hechizos, encantamientos, sustos temerarios, mordiscos vampiriles… eran algunas de las asignaturas más aterradoras.

Nuestro prota es justo uno de esos vampirillos. Bueno, exactamente, no es nuestro prota sino el del sueño de un niño, porque como recordarán este mundo solo existe en la imaginación de los niños… Nuestro vampirillo, conocido como Draculín, andaba triste; hacía mucho que soñaba con el día que por fin pudiese entrar en Monsterschool, contaba los días para poder aprender a hacer hechizos, maleficios, y sobre todo a dar mordiscos vampiriles…

Sin embargo, ahora algo había cambiado, ahora temía su ingreso; estaba asustado con ese primer día de cole y con no estar a la altura del resto de los monstruos, ni de su larga saga familiar… Draculín estaba triste porque su rasgo más preciado, aquel por el que sus antepasados habían sido conocidos a lo largo de la historia no lucía como debía. Ahora sus dientes tenían unas tirillas metálicas, que el dentista de Monstruolandia había hecho específicamente para él, y a las que su madre: la condesa Draculina, llamaba brackets.

Draculín era el primer miembro de su familia, quienes eran conocidos como los vampiros más temerarios del mundo mundial de las pesadillas, en llevar aquellos alambres y se avergonzaba por ello.

―¡Soy un vampiro! ¡Soy el rey de las tinieblas! ¿Cómo voy a asustar con estas tirillas en mis dientes?

―Draculinito mío―dijo su madre.

―¡Mamá, no me llames más así! ¡Ya tengo seis años! ―se quejó Draculín.

―Muy bien, Draculín―corrigió su madre sin poder evitar una sonrisa que mostraba sus blancos y puntiagudos colmillos. ―Precisamente, tienes esos brackets para poder tener unos dientes como los míos; solo así lucirás unas hermosas hileras de dientes blancos y con un par de colmillos afilados―terminó de explicar su madre.

Sin darse cuenta, llegó el ansiado día…digo…noche, porque esa es otra de las peculiaridades de este cole: las clases son por la noche. Draculín entró en el cole tras respirar profundamente para darse ánimos a sí mismo, cuando lo saludaban él devolvía el saludo tapándose la boca con su capa. Así se aseguraba de que nadie pudiera ver los alambres en sus torcidos dientes, hasta que Niñolobo se acercó a él y preguntó:

―¿Por qué te tapas con la capa tu boca? ¿No sabes que así no te entendemos?

―No es por mi capa, es por esto―explicó Draculín enseñando sus plateados dientes.

―No entiendo.

―¿No ves mi boca? ¡Soy la deshonra de mi linaje!

―No digas tonterías. Mira mis piernas. ¡No tengo pelos! ¡Yo soy el nieto del terrorífico Hombre Lobo! Y mira a Momia, no lleva sucias vendas sino sedas de colores porque tiene piel atópica. ¿Y has visto a Zombie? No creo que haya visto a nadie más limpio y peinado que él.

―Vaya, ¿entonces cómo vamos a dar miedo a los niños?

―Draculín, ya nosotros no damos miedo. Ahora los niños se visten como nosotros y celebran el día de los monstruos

―Y entonces, ¿a quién temen?

―¡A las caries!

―¿Y esas quiénes son?

―Unas que salen en los dientes si comes muchas chuches, pero ellos saben cómo combatirlas.

―¿Cómo?

―¡Con el cepillo de dientes! ―clamó Niñolobo.

El cepillo de dientes, el cepillo de dientes…el cepillo de dientes resonaba una y otra vez en su cabeza haciendo despertar a Jacobo, porque aquella conversación entre los monstruos de sus sueños le recordaron que no se había cepillado los dientes antes de acostarse…

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado… y a quien no se lave los dientes las caries lo tendrá aterrorizado…

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