Jacobo llevaba unos días que se escabullía a la hora de lavarse los dientes, en vez de cepillarse cuidadosamente su dentadura, jugueteaba con el cepillo y la pasta de dientes. Jacobo, lo que sí hacía era chuperretear el dentífrico porque le molaba su sabor. Una noche cuando la mamá de Jacobo pasaba por delante del cuarto de baño descubrió a su hijo jugando con su juguete favorito, un impresionante cocodrilo, al que estaba limpiando con su cepillo de dientes.

Su mamá no le dijo nada siguió rumbo a su habitación en la que lo espero para arroparlo y contarle un cuento.

―¿Qué cuento vamos a leer hoy, mami? ―preguntó Jacobo que ya estaba acostado junto a su querido e idolatrado cocodrilo.

―No, hoy no vamos a leer ninguno de tus cuentos, hoy te voy a contar una historia de un cocodrilo muy especial.

―¡Guay! ―exclamó Jacobo al que le encantaban las historias de reptiles, especialmente, si hablaban de cocodrilos y caimanes.

La mamá de Jacobo se sentó en la cama junto a su sonriente hijo, que la contemplaba atento:

Érase una vez que se era, hace ya unos cincuenta y cinco millones de años, la familia de Crocodylus estaba a punto de irse a dormir….

―¿A dormir? ¿Cómo dormían los cocodrilos de la prehistoria, mamá? ¿Tenían camas? ¿Se parecían a los cocodrilos de ahora?―interrumpió la historia Jacobo.

―Bueno, ya sabes que no duermen en camas como los humanos, y mañana buscaremos imágenes de los antepasados de los cocodrilos. ―explicó su madre.

La familia Crocodylus era muy especial, pues, eran considerados como los más fuertes y poderosos de todos los animales del Jurásico…

―Pero… ¿era un cocodrilo marino? Vi un reportaje con papi en el que decían que los cocodrilos marinos son ¡los más grandes y poderosos!

―Uhm…no, bueno, no lo sé. ―comentó su madre a la que le costaba seguir el ritmo de la historia y llevarla al punto donde ella quería. ―. ¿Quieres que siga con la historia?

Jacobo asintió con un movimiento de cabeza y volvió a prestar atención.

Aquella noche la mamá Crocodylus observó detenidamente los afilados dientes de su pequeño, el que más tarde o más temprano se convertiría en el más valiente cocodrilo de todo el continente, entre sus enormes y poderosos dientes, observó muchos restos de comida. Mamá Crocodylus miró a su pequeño y le dijo:

―Croco, ¿sabes por qué somos unos de los animales más respetados?

―¡Croco! ¡Eres tú! ―exclamó Jacobo volviendo a interrumpir la historia de su madre bajo los risueños ojos de ella, que ya estaba acostumbrada a las continuas interrupciones de su hijo.

―¡Porque somos los más fuertes!― exclamó imitando un supuesto sonido de cocodrilo―Con nuestra enorme boca de dientes afilados podemos con cualquier enemigo.

―Sí, exacto, pero para poder seguir siendo así hemos de cuidarnos.

―¿Cuidarnos?

―Sí, cuidarnos. ¿No cuidas tu alimentación?

―Sí―contestó Croco.

―Pues, con nuestros dientes hemos de hacer lo mismo o te pasará como al hermano del abuelo.

―¿Qué le pasó?

―¿Qué come el hermano del abuelo?

―Hierba, cangrejos, insectos. ―explicó Croco sin poder evitar una sonrisa.

―¿Y los crocodylus comemos hierba?

―Nooo…puafff…―se quejó Croco―¡Somos carnívoros!

―Exacto, pero como no se cuidó los dientes, ahora no puede comer carne solo hojas y ya ningún animal lo respeta.

―Vaya―dijo Croco―, ahora vuelvo, mami.

―¿A dónde vas? ―preguntó su madre sonriente dejando ver su temible mandíbula.

―A lavarme los dientes, que no me había acordado, no quiero perder mis dientes.

Croco fue a lavarse los dientes, nunca más lo olvidó y así fue como se convirtió en el cocodrilo con los dientes más relucientes de la historia.

―¿A dónde vas? ―preguntó la mamá de Jacobo, a la que le costaba disimular la risa.

―Pues, que no me he lavado los dientes correctamente y no quiero terminar como el abuelo de Croco. La lechuga está buena pero prefiero comer otras cosas, como esas galletitas crujientes tan deliciosas que haces. ―explicó Jacobo levantándose para ir corriendo al baño. ―.Aunque mami, sé que los cocodrilos no se lavan los dientes con cepillo y pasta dental sino que dejan entrar a unos pequeños pajaritos, llamados chorlitos que se alimentan de los restos que quedan entre sus dientes. ―explicó antes de salir corriendo al baño arrancando la sonrisa de su madre.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado y el que no se haya lavado los dientes corriendo vaya al baño…

 

Elva Martínez