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Hace mucho, mucho tiempo, había un mago que viajaba de aldea en aldea en busca de buenos corazones a los que ayudar. Su punto fuerte eran los hechizos y las pociones y con ello ofrecía sus servicios a todo aquel que lo necesitase.

Un buen día el mago llegó a una aldea donde todo iba sobre ruedas. Ningún pueblerino necesitaba de su ayuda, excepto uno, el sapito Curro.
Curro tenía un sueño. Había crecido al lado de Carlitos, su fiel amigo humano. Curro era la mascota de Carlitos y lo hacían todo juntos, excepto cepillarse los dientes, ya que Curro no tenía una sonrisa como la de su compañero. Su boca era verde y gris y él quería una dentadura blanca y fuerte como la de su amigo.

Curro quería poder compartir ese momento con Carlitos, igual que poder compartir su comida con él. Por eso, visitó al mago y éste le dijo que si conseguía lavarse su sonrisa después de cada comida, al cumplir los tres días podría sonreír feliz porque su sueño se cumpliría, de lo contrario, si no se cepillaba los dientes correctamente, volvería a tener su sonrisa verde y triste sin poder cambiarla.

Así fue como Curro aceptó y el mago lo transformó en un sapito sonriente con una sonrisa blanca y reluciente que, además de mejorar su imagen, le permitía comer de todo y le ayudaba a comunicarse mejor con Carlitos, su fiel amigo.

“Me encanta mi sonrisa”, repetía el sapito con mucha felicidad. “Cuida de tus dientes, Curro si no quieres quedarte sin tu sonrisa”, le dijo el mago. Currito le dijo que no se preocupase que lo haría después de cada comida. Pero eso no era lo que más le preocupaba al mago. Este le recordó que no comiese tantas golosinas como Carlitos, ya que eso no era bueno.

Ahora podía compartir miles de momentos con Carlitos y juntos se alimentaban a base de dulces y otros alimentos llenos de azúcar.

Mientras, Curro se lavaba los dientes después de cada comida, pero como junto a su compañero abusaban los dos del azúcar, sus dientes empezaron a oscurecerse.

El tiempo pasó y como Curro cuidaba de su rutina de higiene, su sueño se cumplió, pero no todo era oro. Así fue como un día aparecieron las caries y se fueron extendiendo a poco a poco hasta que Curro decidió visitar al mago. Quería encontrar un remedio antes de que fuera demasiado tarde.

El mago le dijo que él le había advertido y que tenía que cuidar de su sonrisa, no sólo con un buen cepillado, sino también de su alimentación.
Carlitos también tenía caries y Currito se lo contó al mago para que también pudiese encontrar un remedio para su fiel amigo. A los dos les dolían mucho los dientes.

El mago le dijo que sólo podía curar a uno de los dos y Currito le dijo que curase a su amigo Carlitos, que lo necesitaba más que él.

El mago curó la sonrisa de Carlitos y el sapito volvió a casa con su sonrisa verde y triste de siempre.
Como no había cumplido su palabra, el mago no lo había podido salvar y le había devuelto su sonrisa de siempre. Pero al llegar a casa, Currito le dijó a Carlitos que cuidara de su sonrisa y de su alimentación.
Carlitos le abrazó y le dijo que así lo haría. Al día siguiente, al levantarse de la cama, el sapito encontró debajo de la almohada una dentadura sonriente blanca y reluciente de su tamaño.

El mago le había hecho ese regalo como muestra de su amistad y de su buena fe.

Y así fue como Carlitos y Curro sonrieron felices y se lavaron sus sonrientes dientes para siempre.

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