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Blog para compartir experiencias

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Seguro que en multitud de ocasiones habrás oído aquel dicho popular de “cada hijo cuesta un diente”. Y aunque no es del todo cierto, sí que esconde algo de verdad, sin olvidar que cada embarazo es un mundo y cada mujer un universo totalmente diferente. Con el embarazo nos llega un buen número de cambios […]

Seguro que en multitud de ocasiones habrás oído aquel dicho popular de “cada hijo cuesta un diente”. Y aunque no es del todo cierto, sí que esconde algo de verdad, sin olvidar que cada embarazo es un mundo y cada mujer un universo totalmente diferente.

Con el embarazo nos llega un buen número de cambios a nuestro organismo. Las hormonas se alteran y consiguen revolucionar, no sólo nuestro ánimo sino, también, nuestro cuerpo, incluso en aquellas zonas donde, aparentemente, no existía ningún problema anterior. Y uno de ellos, y muy importante, es nuestra boca.

Unida a la vieja creencia, y como falsa explicación a lo de que “cada hijo nos cuesta un diente”, está la idea de que el calcio que necesita nuestro bebé para formar sus huesos lo toma de nuestros dientes. Y no es cierto, ya que lo toma de los nutrientes que aportamos en la alimentación.

El hecho de que nuestra salud bucodental se vea afectada depende de otros factores:

– Cambios en la permeabilidad de los vasos sanguíneos

– Más ácido en la boca

– Diferencias en la composición bacteriana de la boca-Niveles más altos de hormonas sexuales.

Enfermedades bucales relacionadas con el embarazo

Pero ¿en qué afectan todos estos factores a la salud de nuestros dientes? ¿Qué enfermedades bucales están relacionadas con el embarazo?

– La gingivitis suele ser la más habitual. Se trata de una inflamación de las encías que puede provocar que sangren. Esto se debe a la inflamación provocada por el acúmulo de placa bacteriana y exacerbada por la alta concentración de las hormonas sexuales. Es importante mantener esta afección a raya para que no acabe convirtiéndose en periodontitis, que es una enfermedad crónica que provoca la destrucción de los tejidos de sujeción de los dientes.

– Dientes que se mueven. De igual modo, la inflamación gingival exacerbada por las hormonas puede afectar a tejidos que mantienen sujetos a los dientes, así que es fácil que sintamos que se pueden mover.

– Tumores en las encías. No son malignos y suelen desaparecer tras el parto, aunque en algunas ocasiones necesitan de intervención médica. Se producen por la acumulación de placa.

– Caries. Durante la gestación tenemos más acidez en la boca, y mucho más si somos de las que vomitan con frecuencia. Estos ácidos debilitan el esmalte dental y dejan a nuestros dientes más desprotegidos. Además, también influye el descenso del flujo de saliva y el aumento de la ingesta de alimentos (antojos) entre horas que favorecen la aparición de caries, como son los azucarados.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Si la higiene dental es necesaria y obligada durante toda nuestra vida, mucho más cuando estamos embarazadas, ya que nuestra boca está mucho más vulnerable. Es pautar con el odontólogo las visitas antes y durante el embarazo y seguir sus consejos al pie de la letra. Estar embarazada no es estar enferma, y son muchos los métodos y tratamientos compatibles con este estado

Un cuidado dental especial durante estos meses y una limpieza meticulosa conseguirán, no sólo aportarnos salud a nuestra sonrisa radiante, sino también asegurar un perfecto desarrollo a nuestro bebé.

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Predicar con el ejemplo - salud bucal infantil

¿Habéis visto a niños de distintas edades jugando juntos? Los más chiquitines se mueren por hacer lo mismo que los que son más mayores que ellos. Y es que todos aprendemos mucho mejor por imitación. La clave para enseñarles cosas a los niños no es decirles lo que tienen que hacer, sino hacerlo con ellos […]

¿Habéis visto a niños de distintas edades jugando juntos? Los más chiquitines se mueren por hacer lo mismo que los que son más mayores que ellos. Y es que todos aprendemos mucho mejor por imitación. La clave para enseñarles cosas a los niños no es decirles lo que tienen que hacer, sino hacerlo con ellos y que vean que también forma parte de nuestras rutinas. El ejemplo es mucho más contagioso que predicar, muchas veces en el desierto. ¡y sobre todo es mucho más satisfactorio!

Por eso cuando quieras enseñarle cualquier cosa, hazla tú primero.

¿Quieres que se cepille los dientes? Ve al baño con tu peque, canta canciones para asegurarte que está el tiempo necesario para que la limpieza sea en profundidad, invéntate cuentos y hazlo divertido. Pero sobre todo hazlo. Enséñale qué es lo que tiene que hacer y las veces que ha de hacerlo. ¡Y tú tampoco te lo saltes por pereza! ¡Conviértelo en un hábito!

¿No quieres que coma muchas chuches? No las tengas a mano ni para ellos ni para ti. Procúrales comidas saludables y come a la vez que ellos siempre que puedas. No pasa nada porque a los niños haya alguna comida en concreto que no les guste: todos tenemos nuestras preferencias y si no les gustan las judías verdes, pueden comer otras verduras que les gusten más. No queremos que le cojan asco a nada pero tampoco podemos sustituirlo por alimentos poco saludables.

¿Quieres que recojan sus juguetes? Empieza por no dejarlo todo en cualquier parte tú mismo. ¡Seguro que esto es el caballo de batalla de muchos! (ejem…, como por ejemplo yo misma). El ser ordenado es algo que se aprende y no podemos exigir que nuestros hijos sean pulcros y ordenados cuando nosotros somos un caos.

¿Quieres que lean? No hay nada más convincente para transmitir a los niños el amor por la lectura que ver a sus padres leyendo . Además de leerles sus propios cuentos (haciendo el payaso mejor, que es mucho más divertido) es importante que nos vean a nosotros disfrutando de un buen libro o leyendo el periódico. Leer no es una obligación ¡es un auténtico placer!

Como veis, todo tiene el mismo denominador común: La repetición y el ejemplo. Para enseñarles hábitos a los niños es tan fácil (o tan difícil según se mire) como remangarnos y meternos nosotros también en faena. ¡No hay fórmulas mágicas!

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Me estaba acordando de la historia sobre las golosinas que me contó mi abuelo mientras estaba esperando en la consulta del dentista. ¿Cómo había ido a parar allí? Lo confieso, al final caí en la tentación de comer golosinas, me encanta el dulce. Noté que algo iba mal cuando de golpe, al tomar bebidas frías […]

Me estaba acordando de la historia sobre las golosinas que me contó mi abuelo mientras estaba esperando en la consulta del dentista. ¿Cómo había ido a parar allí? Lo confieso, al final caí en la tentación de comer golosinas, me encanta el dulce.

Noté que algo iba mal cuando de golpe, al tomar bebidas frías en verano, me dolía un montón un diente, era como un pinchazo en la encía que me hacía estremecer. No hice caso a este síntoma y continúe pasándolo en grande durante el verano, hasta que terminé con fiebre en la cama. Al principio no lo relacioné con las pinchadas en las encías cada vez que bebía algo frío, y pensé que había cogido el típico resfriado de finales de verano por culpa de los cambios de temperatura. Permanecí en la cama unos días pero la fiebre no se terminaba de ir. Me di cuenta de que no comía bien, tenía problemas para masticar y el dolor en la encía se repetía. Fue en este momento cuando mis padres me dijeron que lo mejor era hacerle una visita al dentista.

El dentista es un especialista al que no se suele ir con ganas, a los niños nos da miedo, pero yo lo perdí hace tiempo cuando vi que no era para tanto y el dentista me trataba muy bien y me explicaba todo lo que me hacía. Así que fui allí para ver qué era lo que me pasaba. Además notaban que mi aliento no era muy bueno, no sabía qué hacer para que no oliera mal, y me daba vergüenza hablar por si la gente lo notaba.

Me llamarón para que pasara a ver al dentista y descubrir finalmente qué estaba sucediendo en mi boca. Empezó la inspección, pero no lo veía claro, así que me dijo que me realizaría una radiografía para poder ver qué era lo que me estaba atacando los dientes. Al finalizarla se dieron cuenta de que tenía una caries en uno de los dientes y que ésta era el causante de tanto dolor. Las caries son originadas por bacterias que provocan una destrucción de los tejidos duros del diente que lo protegen de los factores externos, como por ejemplo la comida que ingerimos. Estas bacterias son en realidad esos seres de los que me quería proteger mi abuelo. A la larga, el azúcar que contienen las golosinas se transforma en ácidos que atacan el diente y lo estropea sin ningún miramiento.

En ese momento fue cuando vi que las golosinas eran realmente malas si se abusaba de ellas y se comían un montón. Yo al principio hice caso a mi abuelo, pero con los años y a medida que me hacía mayor decidí comer las que quería, y visto lo que me ha ocurrido, puedo decir que me pasé y abusé.

Por suerte las caries tienen solución. Si es algo muy grave, el diente se tiene que arrancar para que la infección no llegue a otros dientes. Afortunadamente, en mi caso, no era necesaria esta medida tan extrema, solo hizo falta que me restauraran el diente mediante un empaste, que en mi caso fue de amalgama, pero también puede ser de resina.

No obstante, me recomendaron que para incrementar la resistencia del tejido de los dientes a los ácidos, tomara flúor mediante gargarismos con enjuagues bucales y usar pastas dentífricas específicas.

Mientras estaba allí viendo como me solucionaban el problema me di cuenta que los abuelos tienen razón, que debemos escuchar sus recomendaciones y que si le hubiese hecho caso y no me hubiera dejado tentar tanto, ahora no estaría aquí.

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