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Blog para compartir experiencias

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Los padres en general somos muy pesados con la limpieza de los dientes de nuestros hijos. Les enseñamos rutinas, vamos con ellos al baño y les repasamos los dientes para asegurarnos de que el cepillado es correcto, y hacemos mucho hincapié en que no puede quedar nada de comida entre los dientes. El problema es […]

Los padres en general somos muy pesados con la limpieza de los dientes de nuestros hijos. Les enseñamos rutinas, vamos con ellos al baño y les repasamos los dientes para asegurarnos de que el cepillado es correcto, y hacemos mucho hincapié en que no puede quedar nada de comida entre los dientes.

El problema es que la lengua es la “hermana pobre de la boca” de la que nadie se acuerda. Nos preocupa que la caries pueda estropear los dientes de nuestros peques, pero prestamos mucha menos atención a las enfermedades que pueden sufrir las encías, que son las que sujetan los dientes, y por supuesto a la lengua, de la que nos olvidamos constantemente.

La lengua también necesita limpieza: una lengua limpia y sana tiene un color sonrosado. Por el contrario, si está sucia, adquiere un color blanquecino, amarillento o incluso a veces ennegrecido.

Es importante enseñar a los niños a que el cepillado diario tiene que incluir también a la limpieza de la lengua. Así mismo, utilizar enjuague bucal también ayudará a hacer que la limpieza de la boca sea mucho más completa.

¿Por qué se ensucia la lengua?

Una lengua sucia puede ser síntoma de varias cosas. Por supuesto, puede significar que no la hemos limpiado bien, pero más allá de eso puede indicar que tenemos problemas gástricos o infecciones como la candidiasis (hongos, que pueden colonizar nuestra boca). Es por esto que una buena alimentación nos ayuda también a mantenerla en estado óptimo.

La lengua está llena de surcos, y en ellos pueden quedar atrapadas bacterias que provocan el mal aliento. La saliva actúa como limpiador, y por eso cuando tomamos medicamentos que resecan la boca, o al levantarnos por la mañana después de salivar menos por la noche, es más probable que tengamos

Para evitar la halitosis debemos incluir la limpieza de la lengua entre nuestras rutinas. Algunos cepillos incluyen una zona especial en la parte trasera para llevarlo a cabo y también existen limpiadores de lengua específicos. Es preferible que sean porque producen menos náuseas al llegar a la parte de más atrás de la lengua.

¿Les habéis enseñado a los niños a limpiar también su lengua? Sólo haciéndolo conseguirán unas lenguas rosadas, húmedas y un aliento perfecto.

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Desde el día en que nació, mi hijo tenía la necesidad imperiosa de succionar y por lo tanto veíamos cómo se llevaba a la boca cualquier objeto. Su favorito era el dedo, que se chupaba a todas horas, lo que nos asustaba un poco por si le provocaba algún problema en la formación de sus […]

Desde el día en que nació, mi hijo tenía la necesidad imperiosa de succionar y por lo tanto veíamos cómo se llevaba a la boca cualquier objeto. Su favorito era el dedo, que se chupaba a todas horas, lo que nos asustaba un poco por si le provocaba algún problema en la formación de sus dientes. Por eso decidimos comprarle un chupete, un simpático objeto que parecía inofensivo… hasta que llegó el momento en el que lo tuvo que dejar.

No sabíamos cómo lo haríamos, ya que el niño utilizaba el chupete siempre para dormir o para calmarse. Si tenía dolor en las muelas, mordía otros objetos, que nunca eran pequeños y estaban acondicionados para ello.

Llegado el momento de quitárselo, intentamos hacerlo de golpe en lugar de racionalizarle el uso, porque pensamos que cuanto más rápido mejor y que ni se daría cuenta. Pero cometimos un error, ya que el niño sí se dio cuenta, y no paró de llorar y chillar hasta que lo tuvo de vuelta. Fue en este momento en el que nos planteamos que haber intentado quitárselo de forma rápida y brusca no era la mejor opción, y debíamos probar todo lo contrario, quitárselo de forma progresiva y suave.

Era verano y le empezamos a decir que debía abandonar el chupete, que llegaría el día en el que debería decirle adiós, porque los niños mayores ya no llevan chupete. Cuando íbamos a pasear le enseñábamos niños que veíamos que eran mayores y no traían consigo el chupete, para que así nuestro hijo viera que lo que le contábamos era verdad.

Además aprovechamos que algunos hijos de nuestros amigos habían dejado ya el chupete al ser mayores y decidimos que hablasen con nuestro hijo para que viera que es algo normal y que el chupete no es para toda la vida, sino que tenía un inicio y un fin, y este en el caso de nuestro hijo, estaba cerca. Nuestro objetivo era que se despidiera de él en navidades. Queríamos que lo entregase a los Reyes Magos así que nos inventamos que aparte de repartir juguetes entre los niños, recogían chupetes para llevárselos a aquellos niños que no tenían. Le hicimos entender que de la misma forma que él había disfrutado de ello, alguien más lo haría gracias a su gesto de bondad.

Para asegurarnos que realmente el niño lo dejara y no fuera a desistir en el último momento, decidimos que el chupete tuviese mal gusto. Fuimos a la farmacia y pedimos un producto específico y seguro para el niño, que aportara mal sabor y que le quitara las ganas de metérselo en la boca. No obstante, esta técnica no se puede usar sin la ayuda de un experto como son los farmacéuticos o un pediatras.

Nuestro hijo se sorprendió al ver cómo algo que tanto le gustaba de golpe tenía tan mal sabor. Estaba desconcertado, no entendía aquel cambio y le dijimos que esto quería decir que ya había llegado la hora de dejarlo y entregarlo a los reyes magos en beneficio de otro niño. A nosotros sí que nos sorprendió que lo entregara sin ningún problema, ya que no le gustaba el sabor que había adquirido, no obstante estuvo dos noches llorando porque lo echaba de menos.

El chupete calma la ansiedad y la tensión del bebé. Como substituto los Reyes Magos le trajeron un peluche de felpa que podía acariciar durante las noches o agarrar y tocar cuando estaba nervioso o tenía ansiedad.

Fue una buena técnica y decisión, ya que fue la forma menos traumática y dolorosa de quitarle algo que tanto le gustaba.

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Paula llevaba triste unos días. Ya no sonreía, sus grandes ojos ambarinos lucían tristes, ya no se le hacían los hoyuelos junto a la comisura de sus labios. Aquel cambio de humor no había pasado desapercibido, nadie recordaba ver a Paula tan triste, seria y tan poco parlanchina. ¡Si hasta en sueños hablaba! – Paula, […]

Paula llevaba triste unos días. Ya no sonreía, sus grandes ojos ambarinos lucían tristes, ya no se le hacían los hoyuelos junto a la comisura de sus labios. Aquel cambio de humor no había pasado desapercibido, nadie recordaba ver a Paula tan triste, seria y tan poco parlanchina. ¡Si hasta en sueños hablaba!

– Paula, no te vayas. Espera un momento, necesito hablar contigo. –le dijo Matilde, su tutora, cuando todos salían al patio.

Paula no se quejó, estaba extrañada porque no recordaba haber hecho algo mal pero se esperó en su sitio hasta que Matilde la llamó.

– ¿He hecho mal, seño? – preguntó Paula con cara de preocupación.

– No, claro que no, ni mucho menos – contestó una sonriente Matilde -. Solo necesitaba saber qué te pasa, últimamente te noto triste.

– Bueno, sí – respondió Paula con lágrimas en los ojos, emocionando a su tutora.

– Eh, ¿qué pasa? – preguntó secándole las tímidas lágrimas que comenzaban a rodar por sus mejillas.

– Me van a poner aparato en los dientes – casi hipó Paula arrancándole una sonrisa a Matilde -. ¡Voy a estar horrible! – confesó en un suspiro.

– Cariño, ¿lloras por eso? Mira mis dientes – comentó Matilde mientras le enseñaba sus perfectos y blanquísimos dientes.

– Son muy bonitos, seño, no como los míos. – dijo Paula enseñando sus dientes.

– Mis dientes sí que eran feos, si ahora luzco esta sonrisa es gracias a los brackets y, bien feos que eran los aparatos dentales cuando yo era pequeña. Ya me hubiese gustado a mí poder usar los de ahora. –le contó Matilde con una sonrisa-.

– No te voy a engañar, al principio te vas a sentir muy rara con los brackets, vas a tener hasta que aprender a hablar con ellos y también tendrás que aprender a limpiártelos y, cariño, al principio incluso te puede doler un poco pero ya verás que poco a poco te acostumbras a ellos y, de aquí a un tiempo tendrás la sonrisa más bonita que jamás hayas visto.

Paula sonrió, aquella era la primera vez que lo hacía en toda la semana, abrazó a su tutora antes de salir corriendo al patio, aún le quedaba unos minutos antes de que sonara el timbre del final del recreo.

Un par de semanas después, Paula se miró al espejo nuevamente mientras su hermana pequeña volvía a pedirle que le enseñara sus dientes. Nada más sonreír la luz se reflejó en los minúsculos brackets de colores que el día anterior le habían puesto.

“La seño tenía razón, molesta un poco pero tampoco tanto, y son muy monos. ¡Tienen tantos colores!”, pensaba Paula mirándose al espejo.

-Pauli, enséñame tus dientes otra vez – pidió Helena -. Jo, yo también quiero tener el arcoíris en mi boca. ¡Mamáááá…¡

– Dime Helena – respondió su madre antes de meterles prisa para ir al cole.

– ¿A mí me van a poner unos colorcitos como los de Pauli?

– Pues, espero que no.

– Jo, mami, eso es injusto – se quejó la pequeña de cinco años- . ¡Yo también quiero tener el arcoíris en mi boca! Si tuviera esos colorcitos seguro que Dani me prefería a mí y no a Ana.

– Anda…anda, esto es lo que me faltaba por oír- rió la madre -. Vamos, o se nos hará tarde.

Nada más llegar al colegio las amigas de Paula se acercaron a ella, todas querían ver sus recién estrenados brackets, ella era la primera de la clase en llevar uno. Paula era el centro de atención, todos querían ver aquellos curiosos alambres de colores que adornaban sus dientes.

– Pauli- gritó Helena corriendo hasta su hermana y sus amigas llevando consigo a un nutrido grupo de niños de su clase.

– ¿Qué pasa Helena?

– Enséñale tus dientes a mis amigos, quiero que todos vean como llevas el arcoíris en tu boca.

Paula sonrió, le hacía gracia las palabras de su hermana, justo en ese momento un rayo de sol daba directamente en su cara haciendo relucir su colorida sonrisa.

– ¡Halaaaaa!- corearon los amigos de Helena.

– ¿A qué es lo más chulo que habéis visto? –emocionada gritó Helena. – ¡Yo también quiero un arcoíris!

– ¡Y yo! ¡Y yo! – clamó el resto…

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