• Momentos para Sonreír

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Blog para compartir experiencias

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Si nos preguntan a cualquiera por las enfermedades bucodentales más comunes en niños posiblemente no sepamos decir muchas más además de la caries, que de todos es conocida. Las caries las producen las bacterias (el biofilm) de la boca al metabolizar los carbohidratos de la dieta, que desmineralizan el esmalte. Un 90% de los adultos tenemos caries, y esto es producido por deficiencias en la higiene bucal.

Pero además de esto hay otras muchas enfermedades o condiciones bucodentales. Os hablo ahora de sus síntomas y cómo tratarlas.

* Síntoma: Mi peque tiene las encías enrojecidas e inflamadas y cuando se cepilla, a veces sangra. También tiene sensibilidad dental ante el consumo de bebidas o alimentos fríos.

Puede ser GINGIVITIS

Es una inflamación de las encías causada por un proceso infeccioso, por la acumulación de placa o  de sarro. Cuando está en un estadio mayor se denomina periodontitis y puede afectar al hueso, haciendo que los dientes puedan caer.

* Síntoma: Mi hijo tiene una úlcera violácea o rojiza en el borde externo del labio

Puede ser HERPES LABIAL

Frente a los herpes solo queda paciencia: acabarán por desaparecer ellos solos, es un proceso, aunque son bastante molestos. Hay que tratar de evitar por todos los medios que se lo toque, apriete o lo pinche. Si lo necesita, puede tomar un calmante específico sin receta que se puede encontrar en la farmacia.

* Síntoma. En la boca tiene úlceras abiertas, no demasiado grandes, muy dolorosas. Tienen color blanquecino y el borde rojo y se sitúan sobre todo en la parte interna de los labios, mejillas, encías o lengua.

Pueden ser AFTAS

… o lo que se conocen como llagas. Parece ser que las mujeres somos más propensas a ellas, ¡y vive dios que yo doy fe! En mi casa hemos tenido en muchísimas ocasiones y eso sí, las curamos cuidando la higiene bucal y la alimentación, combinado con un enjuague de clorhexidina. Terriblemente doloroso durante unos segundos pero efectivo como lo que más. ¡A mí me compensa!

*Síntoma: Han aparecido sobre la lengua, en las encías o dentro de la mejilla unos parches cremosos que duelen si se raspan

Puede ser CANDIDIASIS BUCAL

La cándida es un hongo que tenemos en la boca y en el tubo digestivo, de normal, todos. Pero está controlada su cantidad y no hay problema hasta que en situaciones de debilidad inmunitaria se descontrola provocando una infección. A los bebés, que tienen todavía inmaduro su sistema inmunitario les pasa con frecuencia.

La higiene bucal y un tratamiento antifúngico que debe recetar el médico es la solución ideal. Si el niño tiene edad para ello es interesante que tome yogur, porque el lactobacillus que contiene ayuda a erradicarlo. Y sobre todo, mientras esté con ello hay que extremar la higiene para no volver a contagiarse por una mala limpieza.

Os recomiendo vivamente visitar este diagrama de Family Doctor porque  además de estas enfermedades existen otras que no son estrictamente de esta área pero que se manifiestan en la boca. ¡Es importante conocerlas!

 

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Hace unos días volvimos de las vacaciones y aparte de un montón de recuerdos geniales y las maletas más llenas de lo que fueron, nos trajimos con nosotros unos cuantos kilos de más (yo ya estoy a dieta, operación post-bikini que la llaman…), y un enorme descontrol de rutinas y costumbres alimentarias.

Y es que, por mucho que intentemos tener bajo control el tema de las chuches y que lleven una alimentación equilibrada, esos días pensados para disfrutar y no agobiarse están también hechos para pasarse en ese sentido.

Hay niños a los que no les gusta el dulce. Ninguna de mis dos hijas son de ellos. A mis hijas, como a su madre, todo lo que lleva azúcar les pirra y hay que controlarlo, así que lo habitual es que sólo coman chuches los domingos o en cumpleaños y fiestas especiales. Con los helados y otros dulces algo similar, no queremos que se convierta en una costumbre…

Pero como decía, estás de vacaciones, estás dando un paseo por la playa después de merendar y pasas por una heladería. ¿Cómo vas a decirles que no porque ya se comieron uno el día anterior? Y sobre todo, ¿cómo vas a decírselo cuando tú eres la primera que quieres uno? Imposible, al final cada uno tiene su helado.

Estás pasando la tarde por el centro, estás paseando, has visitado ya todo lo que te resulta de interés, has visto los barcos, los puestecillos de artesanía… Se va haciendo tarde y todos estamos cansados, nos vamos a sentar a tomar algo y de repente papá se acuerda de que él no puede irse de esa ciudad sin comer un gofre porque es uno de sus recuerdos de preadolescente, así que ahí nos sentamos a ponernos gochos de gofres con chocolate, y las brujas no pueden ser menos, porque el chocolate es mucho chocolate.

Otro día decides pasar la tarde por tu barrio, das un paseo, estás un buen rato en los columpios, pero es verano, estás de vacaciones, así que eso tiene que acabar en una terraza con una cañita, y resulta que el bar al que sueles ir ha puesto un castillo hinchable para los niños y lo que iba a ser una cañita se convierten en tres pintas con sus tapas incluidas y la mayor que te dice “Mamá yo quiero un Kas y las chuches que compraste hace tres días y están en el bolso”. ¿Y cómo vas a decirle que no cuando tú te estás poniendo tibia a cerveza? Y ahí acaban tomándose un refresco azucarado que reservas para las ocasiones especiales, y las chuches “os las doy cuando os comáis primero un trozo de tortilla y un poco de jamón del que nos han sacado”, y por lo menos te quedas un poco satisfecha pensando que al menos ha entrado algo saludable a su estómago porque sabes que la cena va a ser una batalla perdida.

Así que diez días así os podéis imaginar. ¡Que levante la mano quien no lo haya vivido!

Por lo menos y a pesar del descontrol, metí en el neceser dos cepillitos infantiles nuevos chulíiiiisimos que usaban todos los días sin falta y en la maleta de vuelta la promesa de que en cuanto pisáramos nuestra casa esto se había terminado 😉

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Una de las mayores preocupaciones que tenía mi hija Alma cuando salíamos de vacaciones lejos de casa era si el Ratoncito Pérez nos iba a encontrar allá donde estuviéramos, en el caso de que a ese díscolo diente que ya andaba moviéndose le diera por caerse definitivamente. Al principio, sinceramente, no sabía muy bien qué contestarle, nunca me había planteado semejante dilema.

“Mami, el ratoncito conoce nuestro portal, mi habitación y hasta mi almohada. Sabe el número de escalones que hay hasta mi cuarto y yo siempre le dejo la banqueta cerca para que pueda subirse sin mucho esfuerzo. Si nos vamos, y se me cae el diente, ¿cómo va a encontrarnos?”

El mundo de la magia consigue dar explicaciones para todos sus dilemas, aunque, dependiendo de los niños, de su curiosidad y deseos de saber, esta técnica no siempre es la única que necesitan para quedarse tranquilos. Yo lo sabía de buena mano. Mi hija es experta en desmontarme los razonamientos más sublimes para seguir hurgando en la fantasía con las preguntas más incisivas (creo que su primera palabra fue “¿por qué?” en vez de “mamá”).

Menos mal que las madres tenemos recursos para todo (o casi todo) y nuestro ángel de la guarda siempre acude en nuestra ayuda cuando la cosa se pone difícil. “¿Cómo no va a encontrarnos? El Ratoncito Pérez es un ser mágico, y los seres que poseen el don de la magia, son capaces de hallarnos allá donde nos encontremos.” Pero como no le bastó con la primera explicación, siguió con las dudas.

“Pero si vamos a la playa, puede perderse entre la arena, hay mucha gente en la playa, mami”, “¿y si no sabe nadar?”, “¿en la casa de Alicante hay escalones?”, “¿me puedo llevar la almohada?”, “¿y si ese día nos hemos ido a otro pueblo, o estamos en el campo, o todavía vamos en el coche?”… Un aluvión de preguntas muy importantes cuya solución debía encontrar con la mayor rapidez.

“No te preocupes”, le contesté con la mejor de mis sonrisas, “este año no vamos a ir a Alicante. Nos vamos un poquito más lejos. Iremos a visitar a la tía Leticia a Estocolmo”. La cara le cambió en un segundo y entonces sentí que el pánico más feroz se había adueñado de ella. “Pero…pero… eso está tan…tan…tan…lejos…”, “no te preocupes”, la tranquilicé, “iremos en avión”. “Pero el Ratoncito va andando…¡¡no va a llegar ni en un millón de años!!” Ahora sí que no tenía más remedio, la magia era mi único instrumento.

“Vamos a ver, Alma, ya hemos hablado muchas veces de los poderes especiales que tiene el Ratoncito Pérez, que es capaz de cruzar las calles sin que le atropelle un coche, que sube los escalones súper rápido y que se va cargado con tu diente sin que te des ni cuenta, así que ¿cómo no va a ser capaz de ir a recogerlo hasta Estocolmo? Para él las distancias ni las dificultades existen. Además, para que te quedes más tranquila, podemos dejarle la dirección de la tía Leticia debajo de tu almohada, así sabrá cómo llegar”.

Esa fue la respuesta que necesitó. A partir de ese momento nos dedicamos a dibujar un mapa de Europa con flechas que llegaran desde nuestra casa hasta el lejano Estocolmo. Tampoco olvidamos la dirección de la tía Leticia y mi número de teléfono por si acaso se perdiera en alguna de aquellas calles, porque “Mami, no te olvides de que aunque el Ratoncito es mágico, igual no sabe sueco”.

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